Un joven se desplaza desde un pueblo a la capital con el propósito de continuar sus estudios. Se enfrenta a una serie de situaciones muy diferentes a las que estaba acostumbrado y lucha por no dejarse llevar a vicios y malos hábitos de algunos de sus compañeros de estudio. Finalmente, en medio de grandes dificultades, logra su objetivo de ser un gran profesional.
Por supuesto que yo odiaba la mentira. Mi madre había sido muy reiterativa en que no hay que mentir pudiendo decir la verdad. Pero, en este caso, aunque la elección no era fácil, elegí la mentira: elegí salvar mi honra a costa de la vileza que significa el engaño.
No podía contarle apartes de mi primer día de clases: del dueño de la tienda, de Cazas, del refresco, de la huida, de los gritos: ¡ladrones, ladrones! Nada de eso le iba a dar tranquilidad; por el contrario, lo llenaría de preocupaciones y de tristezas.
Sentí entonces la necesidad de darle un parte de tranquilidad, y así lo hice:
—Todo muy bien —dije—; el colegio muy bueno, al igual que los profesores y, sobre todo, los compañeros. Me recibieron muy bien, me aceptaron y compartí con ellos muy buenos momentos. Fue increíble. La pasé de maravilla.
